Chile: +56 962291197 - Australia: +61 0451397050 patricia@delamusa.cl

Nacimos como producto de la necesidad de los ricos europeos y americanos de rearmarles el lujo en que vivían en un nuevo orden de dimensiones.  Recién a fines de 1930 aquellas personas nacidas con un gusto exquisito, credenciales sociales y probado nivel cultural, empezaron a llamarse decoradores muy a pesar de ellos mismos. Dorothy Draper fue la primera y gran decoradora, dándole la espalda a las casas particulares por encontrarlas aburridas. A través de su empresa The American Cleaning House, se especializó solo en decorar grandes hoteles, clubs y restaurantes (The Carlyle, The Fairmont, La cafetería del Met, el primer front desk de Pan American) Murió sin saber que iba a pasar a la historia como la decoradora más fabulosa de América.

La explosión del sueño americano y las platas nuevas contribuyeron a aggiornar el country house inglés, muy lejano al lujo de los palacios europeos. El clasicismo pasó de ser atemporal en aquellos centros del primer mundo, buena factura, luminosidad y cierta sentido del confort sin abandonar la estética, a ser anticuado y añejo en los países tercermundistas. La llegada de lo contemporáneo, vía modas horrorosas –excesos de chintz floreados, escandinavo de mala factura, tex mex entre mejicanote e italiano (en los noventa todos vivíamos como en una pizzería con esos tratamientos horribles de muros)- enterró el buen clasicismo y democratizó los espacios haciéndolos cómodos pero muy desalmados. Aquellos que nos resistíamos a enterrar el refinamiento, buscamos oxigeno en estilos alegres como el gustaviano o directamente más lineal pero con sentido en el art deco de los años 20.

Hace una década me fascinaba proponer obeliscos, estrellas, mesas de espejo, chesterfields blancos, astrolabios. ¿Hoy día? Falabella y anda a competir con la CMR!!!. Vengo años esperando el relevo en las tendencias decorativas, vale decir todo lo arriba enumerado. Estas, que generalmente se renovaban cada diez doce años, sufrieron un pavoroso estancamiento producto de la nueva ola de la decoración industrial.

En un mundo donde la gente paga y bien por sillas que parecen sacadas de un recinto penitenciario, donde las mesas parecen mesones de beneficencia de colecta de liceo barato, donde en un techo se pone un parasol invertido de papel, las cortinas se venden hechas, con el consabido “ay, me quedaron cortas”, y los relojes gigantes sustituyen el buen arte en las paredes; en un mundo donde Ikea y Zara Home nos ofrecen resina por madera y percal por seda, los decoradores estamos condenados a dejar de existir.

Finalmente, fuimos profesionales por no más de un siglo, niñitos de pecho en una proyección histórica. El buen gusto se fue a la mierda, y todo parece estar consensuadamente resuelto por arquitectos y empresas dedicadas a los revestimientos. Todos ellos te ofrecen asesoría decorativa, que no es si no la típica patraña para que al final del día el producto madre sobresalga por sobre todo lo demás.

Son pocos los arquitectos que respetan a los decoradores. Jorge Figueroa, un hombre transversal y con una visión única me dijo: “Andrés, me encanta tu onda, pero si me pones un sillón de esos con techo que has venido haciendo (porter chair) bajo una lucarna de mi trabajo, chau, nadie más vio nunca más la misma. Tu decoración es distractiva, desafía los revestimientos y los espacios.” Entendible.

Acostumbrado a la anticipación, algo que me ha creado más enemigos que la cresta en nuestro país, OLÍ esto hace mucho. El advenimiento del siglo XX y el fin del alto refinamiento, no es cosa pequeña. Y me hice tendero. Cuando me di cuenta de que mi sello solo lo respetan unos cuantos, dejé las tienditas del terror y ahí si le pegué el palo al gato con el tema de mis cursos. Acotados, de diez clases, pasta de profesor, dinamismo y mucha honestidad, bingo…Diez años de éxito. Y empecé a escribir libros y a hacer viajes temáticos en paralelo. Cerrando el círculo, vuelvo a lo que eran los decoradores hace cien años, un simple “taste maker” quien a través de mis propias casas y mi capacidad como docente, va a tratar de sobrevivir la crónica de una muerte anunciada.

La proliferación de “decoradoras” en nuestro país (generalmente la junta de dos amigas que deciden entre hacer arreglos de flores, o pasteles, o copiarle a los que sabemos), va a continuar. El mercado para ese nicho bueno bonito y te lo hacemos por la mitad que Alsina, es parte del panorama patronatico de la mujer chilena que le cuida el billete al marido para que este termine gastándoselo con la peuca de turno. El tema es a quien le han ganado, que saben de la historia de la decoración… ¿Pueden distinguir entre un trabajo de Robert Le Couturier o de Yves Rochon? ¿Saben de telas más allá de Le Cottonier y Diteco? ¿Entienden que Arts & Crafts no es la competencia de los lápices Caran D`Ache? No. Pero las disculpo, el cliente tampoco tiene interés por saber el background cultural del contratado. Mientras la casa quede como la de fulanita o parecida a la que salió en el último suplemento, la zona de confort está más que cubierta.

A un nivel más internacional, con mayor o menor éxito, Pinterest y las búsquedas de internet nos volaron la raja a los decoradores. Con mayor o menor éxito, muchos dueños de casa, deciden darse el tiempo para hacer las cosas ellos mismos. Estupendo, solo acuérdense de mí a la hora de tratar con los maestros. Otro tema peludo, y otro tema que terminó por agotarnos a los que nos dedicamos a esto. No hablan nuestro idioma, y nunca lo harán.

Así el panorama es mejor buscar consuelo en la teoría cada vez más recurrente, que a lo mejor, nunca debimos de existir.

PD: David Hicks era tan quisquilloso como decorador, que dejó anotado hasta como tenían que hacerle el capitoneé a su ataúd. Yo ya lo tengo claro, como decorador cajón de pino y al crematorio.